Los birmanos acuden resignados a votar la Constitución entre denuncias de fraude

RANGUN.- Birmania no puede permitir la entrada de cooperantes extranjeros, ni aceptar la ayuda que se le ofrece sin oponer una tenaz resistencia, ni siquiera retirar los árboles caídos de las carreteras o conseguir que funcionen los semáforos. Pero sí puede celebrar un referéndum constitucional en medio de un desastre que ha dejado de momento 22.500 muertos según el recuento oficial, y cerca de 100.000 según otras fuentes, y ha convertido la vida de millones de personas en un infierno.

El trayecto del aeropuerto al centro de Rangún, antigua capital y principal centro urbano del país, refleja la situación por la que atraviesa Birmania a consecuencia del ciclón Nargis. Es la imagen de la desolación. Arboles derribados, casas sin tejados, tendidos eléctricos caídos, mucha basura y barro. Y los rostros marcados por la tristeza.

«Nuestro Gobierno es estúpido, no acepta la ayuda internacional. No está haciendo nada por nosotros, pero sí celebra la votación», afirma indignado un guía turístico de 42 años. El hombre pasa de la indignación a la ironía cuando afirma que se trata de «una votación mágica». Y se explica: «El Gobierno hace magia con los votos y saldrá que sí, pase lo que pase».

Los birmanos se debaten entre el enfado y la indiferencia ante la celebración de la primera convocatoria en las urnas desde 1990, que de salir adelante, legitimará a la Junta Militar, que ha gobernado el país, convertido en uno de los lugares más pobres de mundo, durante 48 años. Los militares birmanos han hecho oídos sordos a las demandas de la comunidad internacional que pedían que se retrasara la convocatoria en todo el país, dada la magnitud del desastre.

Los comicios no se celebran en zonas de la región de Rangún, ni en el delta del Irrawaddy, las zonas más afectadas por el desastre, donde tendrán lugar el 24 de mayo, pero sí en Bago, una pequeña ciudad situada a pocos kilómetros al norte de la ex capital. «Parece una broma. En los colegios electorales ponen la misma música que utiliza la televisión estatal para promocionar el sí. La letra te anima a votar por la unidad del país», cuenta a EL MUNDO un europeo afincado en Rangún, que pasó el día en la localidad norteña.

«Los colegios estaban llenos de policías y de gente del Gobierno. Los birmanos no quieren votar, pero les obligan. Votan porque tienen que hacerlo. Lo han interiorizado», explica esta fuente, quien describe cómo fueron las votaciones en el colegio que visitó: «Llegó una furgoneta con un grupo de personas, los pusieron en fila, votaron y se fueron. Todo muy organizado».

Para el principal partido de la oposición democrática birmana, la Liga Nacional por la Democracia (LND), que lidera Aung San Suu Kyi, se trata de «un fraude masivo», según informa Efe. El portavoz de la LND, Nyan Win, indicó a la revista disidente The Irrawaddy, con sede en Tailandia, que agentes gubernamentales acudieron a las casas de los que no se personaron a votar y les obligaron a firmar un formulario como que depositaron el voto.

La Constitución redactada por los generales, proceso que se lleva a cabo desde 1996, establece que no pueden encabezar el Estado personas casadas con extranjeros, lo que deja fuera de la política a Aung San Suu Kyi, heroína nacional para los birmanos. La líder opositora estuvo casada con un ciudadano británico, que murió sin poder volver a ver a su esposa, en prisión domiciliaria. Asimismo, la Carta Magna reserva un 25% de los escaños para los militares, los cargos más decisivos y el derecho a a suspender los derechos democráticos en cualquier momento.

El temor a las represalias del Gobierno, como ocurrió en septiembre durante la Revolución del Azafrán, explican que la jornada electoral transcurriera sin incidentes, según la televisión estatal.

El personal de un pequeño hostal en las cercanías de la pagoda Sule, en el centro de Rangún, relata lo sucedido. «El techo y las ventanas volaron. Sacábamos el agua con cubos,. Pasamos miedo. Ahora tenemos que arreglarlo nosotros», explica uno de los jóvenes. Por toda la ciudad se llevan a cabo trabajos de reparación, y son los dueños de las casas y los locales quienes se encargan de realizar estas tareas. A ellos, el referéndum les importa muy poco. «El problema es ahora. Mañana, ya veremos», remarca. «La aprobación de la Constitución es una obligación para los ciudadanos», afirma el gubernamental New Light of Myanmar. Pero otro hombre que descansa en la puerta del hostal no parece muy interesado. «Claro que votaré. ¡Qué remedio!».

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